martes, 21 de mayo de 2013

Bandoleras


Siempre me han entusiasmado los bolsos grandes.

Hasta tal punto que  tengo más de una anécdota a propósito de ellos.

Os cuento una.

Hará unos ocho años y tras pasarme una temporada trabajando en Llanes, poco antes de marchar, vinieron dos amigas a verme un viernes para volver todas juntas el fin de semana.

Cuando me vio llegar una de ellas con mi bolso a cuestas, me dijo:

Pero ¿Para que vas cargando ya con la maleta, si vamos a tomar un vino?

No se podía creer que semejante armatoste fuera un bolso.

 

 


 

 

Pero a mí me parecen prácticos, cómodos y sobre todo con capacidad, con lo que esta nueva moda de las bandoleras pequeñas no me convence.

Aún así, como me parecen monas, tengo las tres que os enseño.

 

 


 

 

 

Estas dos son del año pasado y las que lleváis tiempo siguiendo el blog posiblemente os acordéis de las fotos con ellas puestas.

 

 


 

 

 

Era casi en verano y hacía buen tiempo. Vamos, como ahora.

 

 


 

Se las he visto a varias de mis bloggers favoritas.

Sara de http://collagevintage.com las usa mucho

 

 


 

 

Y a Izortze de http://clochet.com también le gustan.

Las dos las ponen muchas veces  cruzadas.

 

 


 

A mí no me convencen.  Necesariamente tengo que llevar las gafas, porque con mi presbicia, no veo nada de cerca, las de sol porque soy fotosensible y en cuanto hay mucha luz no veo, las llaves, el móvil, la cartera, los kleenex, la vaselina para los labios, un peine pequeño y si puede ser la agenda.

 


 



 

Evidentemente en ese tamaño no entran, con lo que en las rebajas de invierno me compré esta otra roja más grande, pero con un asa larga para poder cruzar.

 

 



 

Y cuando salgo a caminar o para ir de viaje me vienen muy bien las planas porque llevo conmigo lo que no quiero perder de vista y me dejan las manos libres.

Esta falsificación es una de las compras que hice a mi amigo Ádama.

 

 

 

 

Desde luego cuando no llevo peso vuelvo bastante menos cansada, pero aún así no creo que me anime a ponerlos demasiado.

¿Vosotras sois de bolsos pequeños o grandes?

 

 

lunes, 20 de mayo de 2013

Antes de la entrevista



Daba vueltas y más vueltas a la cabeza.
Sentada sobre aquel taburete y junto a  aquella pared verde manzana, parecía que todas las dudas la asaltaban y que a la vez todas las esperanzas confluían.





¿Cómo plantearía la cuestión?
¿Sería mejor ir directa al grano o mantener esa distancia correcta y educada de quien quiere mostrar sólo un interés difuso?






¡Tenía tantas ganas!
 Aquel proyecto formaba parte de lo más recóndito de su ser, de esos sueños que siempre parecen inalcanzables, pero que acariciamos con una esperanza remota.


 


Mantenido a buen recaudo en el cajón secreto de sus ilusiones, su sentido del ridículo, le había hecho callar durante años, sin atreverse a compartirlo con nadie.
Le daba miedo que  la consideraran una loca o por lo menos una excéntrica, que se rieran de ella…





Pero, pese a todo, estaba allí, vestida de rosa, como una invitación al optimismo, encaramada sobre sus tacones.






Quería mirar la vida desde arriba, convencerse a sí misma de las posibilidades y quizá por eso se había colgado el bolso nuevo y aquel collar enorme, que le daban sensación de seguridad.




La entrevista para la que estaba esperando, podría suponer un antes y un después en su vida.






 
 Y a su edad le parecía una especie de premio gordo de la lotería.





 
Sólo necesitaba convencer a aquel mecenas, surgido de repente,  de que merecía la pena, de que era capaz de sacarlo adelante.






Se repitió a sí misma que  cuando se proponía ser brillante solía conseguirlo, que había analizado todas las variables que pudieran afectarle. Así que a pesar de los nervios y esa sensación de mariposas en el estómago que la atenazaba, se dijo a sí misma:
 ¿Y, por qué no?


 

 
Y sintió que confiaba en la vida, que  iba a dejar que la suerte entrara por la puerta y si hacía falta también por las ventanas





sábado, 18 de mayo de 2013

Sábado con "Truqui" Colaboración





Gema, del blog Brújula de estilo me manda un par de Truquis para las entradas de los sábados.

Me encanta la idea de que seáis vosotros quienes mandéis los trucos que conocéis para compartirlos. Es una forma de hacer un poco más vuestro el blog y de encontrarnos cerca.
Ya sabéis que si conocéis alguno y os apetece compartirlo no tenéis más que mandarlo a
En cualquiera de las dos direcciones me llega y estaré encantada de recibirlo.


Y ahora vamos con los “truquis” tal como Gema los describió.

1. El primero.

 Cuando no tienes exfoliante para la cara mezclas en un bol, un par de cucharadas pequeñas de sal gorda con un par de cucharadas de aceite de oliva.
Te lo pasas por la cara con delicadeza y luego lo retiras con agua.




































Y el segundo 




2. Si tienes mala cara y no tienes a mano ampolla de belleza de efecto flash un truco es mezclar un poco de tu maquillaje habitual con iluminador.

Lo mezclas en la palma de la mano y te lo pones por toda la cara.

Le dá luz al rostro.

























Espero que el mal tiempo que estamos sufriendo no cambie la alegría de estar en finde. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Intelectual




Los tiempos cambian, la vida da vueltas  y lo que ayer era rancio y aburrido, hoy puede ser interesante y atractivo.





Si cuando teníamos pocos años, que nos reíamos de las niñas que tenían que ponerse gafas, nos hubieran dicho que de mayores nos las colocaríamos sin graduación para parecer intelectuales, hubiéramos abierto una boca tan grande como un buzón de correos.






Pero el aire intelectual nos parece atractivo y lo buscamos.




Quizá sea que, en el fondo y a pesar de la pereza que nos da no dejarnos llevar y pensar por nuestra cuenta, sabemos que nadie como uno mismo para reconocer lo que necesita, para saber cómo son las cosas, para entender y para decidir.





La información nos llega por todas las esquinas. La publicidad nos bombardea, pero cuando nos paramos a pensar, cuando decidimos que nuestra vida es nuestra y la vamos a coger con las dos manos, no hay quien nos pare.




Durante siglos parecía que los únicos con capacidad para el pensamiento eran los hombres, pero un buen días las mujeres empezaron a ejercitar su inteligencia.

Y puestas a pensar,   acabaron por hacer una revolución, posiblemente la  que más cambió la sociedad: la  que las llevó a su independencia.




 El día  en que decidieron dejar atrás el segundo plano y dedicar su cabeza a otra cosa que no fuera cuidar de su familia, los hogares cambiaron.

 Y detrás de los hogares cambió la industria, cambiaron los servicios y a la fuerza, terminaron por cambiar las instituciones.





Tras su portafolios, sin perder un átomo de su feminidad, la mujer empezó a ocupar puestos y a formar parte de equipos. 

 Se volvió un poco masculina y adoptó roles diferentes a los tradicionales. Olvidó conocimientos ancestrales para adquirir unos nuevos y trabajó, vaya si trabajó.






En un momento de cambios, en una sociedad occidental en crisis, quizá esa afición por parecer intelectual, tenga algo que ver con la necesidad de tomar decisiones prácticas y sencillas.


Quizá sea una llamada a la mujer para que recobre los valores de antes y aprovechando los nuevos conocimientos lleve a cabo  una nueva revolución, la que cambie las cosas para  construir un mundo mejor.


  

martes, 14 de mayo de 2013

Ádama



Alto, delgado, con el pelo cortísimo y ensortijado y una hilera de dientes que asoma al menor gesto amable, Ádama es uno de mis amigos negritos.

Lo conocí en el bar donde tomaba el aperitivo con mi padre.
Cada mañana, a la misma hora, aparecía con su carga de bolsos al hombro, acercándose de mesa en mesa para ofrecer su mercancía.






Las clientas del bar, que disfrutaban su rato de ocio, como mucho, miraban por encima el cargamento multicolor y negaban con la cabeza.

Aquel sábado hacía mucho calor, era primavera y los habitantes de Oviedo, necesitados de sol, se habían marchado a la playa.


Sentados en nuestros taburetes, mi padre y yo charlábamos con la camarera, cuando, a la hora acostumbrada lo vimos entrar.







Traía mala cara, el gesto cansado y la sonrisa desdibujada. Nos enseñó sus bolsos y nos preguntó si le comprábamos uno en su castellano macarrónico.

 Yo le dije que no, pero me puse a mirar su mercancía.





Me apetecía volver a ver aquel gesto entre amable y simpático en su rostro, así que lo invitamos a sentarse y tomar una Coca-Cola.

Nos miró con cara incrédula, pero la sed y el cansancio pudieron más que su vergüenza y aceptó el refresco.





No quiso tomar la tapa de jamón que le ofrecían porque es musulmán, pero cuando tuvo delante las patatas con huevo revuelto las comió en un abrir y cerrar de ojos.







A partir de ahí, empezamos a charlar, le compré algún que otro bolso, entre las carcajadas y tomaduras de pelo de mi padre que siempre le dice que voy a tener que salir de casa para poder meter tanta cosa como compro.

Me enteré que llevaba siete años en España, que es senegalés y que tiene un hijo al que prácticamente no conocía, porque cuando él se fue acababa de nacer.
También me explicó que su ilusión sería poder traerlos a él y a su madre para poder vivir juntos.


   


Hace poco me dijo, emocionado, que por fin tenía papeles.
Y  supe que, en cuanto consiguió trabajar cuatro días, se compró un pasaje para ir a su país de visita. A conocer aquel niño que exhibía orgulloso desde la pantalla de su móvil.

Cuando volvió, traía cara de felicidad y de esperanza.


Los tiempos están mal, las ventas cada día son menos, pero él sigue manteniendo esa sonrisa, posiblemente porque sueña con una vida mejor.